El faro de Santa Cruz

16,00


Autora:  María Teresa Soy Andrade

ISBN: 978-84-946400-5-6
Temática: Autoayuda. Relatos que iluminan la salida a la mujer maltratada
Páginas: 208 con ilustraciones a color
Peso: 367 gr.
Lengua: Castellano
Formato: 16 x 23 cm
Encuadernación rústica con solpas

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EL FARO DE SANTA CRUZ

Mil destellos de esperanza para la MUJER MALTRATADA

El faro de Santa Cruz es un lugar donde, en un momento de la vida, podemos alejarnos del caos. Un espacio donde refugiarse a valorar y contemplar otras perspectivas cuando deseamos cambiar el rumbo.

«Desde lo alto del faro, mil destellos de luz y de esperanza atravesaron mi alma, y al llegar a la casa del pedregal escribí a corazón abierto mi historia y la de aquellas mujeres que me confiaron las suyas».

Relatos valiosos en sí mismos y sobre todo contados con el valor y el coraje que a veces nos falta, incluso para visualizar el futuro de estas protagonistas, dispuestas a no dar nada por perdido y a rehacer los pedazos del puzle inacabado en que se habían convertido. Por ello, si has sido víctima de violencia de género o si conoces a alguien que sufra maltrato sexista, ofrécele esta ayuda junto con la tuya. No rehúyas su necesidad de desahogo y alíviala del temporal antes de que la tormenta le llegue con mayor fuerza. Queremos contar contigo para no seguir perpetuando este legado cruel que hace a las mujeres protagonistas, ya sea como víctimas o como simples testigos.

«Confía en las personas que pueden ayudarte y estar contigo donde tú estés, acompañándote y celebrando que al fin puedas sentirte a salvo».

María Teresa Soy


Estudió enfermería en la Universidad Autónoma de Barcelona y es doctora por la Universidad Complutense de Madrid en el programa oficial de posgrado en Cuidados de Salud.
Actualmente, ejerce como docente en la Escuela Internacional de Ciencias de la Salud y en la Universidad Francisco de Vitoria. Trabaja en la Sanidad Pública y es autora de varios libros de enfermería.
En estos últimos años, ha presentado talleres y moderado mesas redondas con testimonios de violencia y maltrato, lo que le llevó a desarrollar la vertiente profesional de autoayuda que tenía pendiente en temas de autoayuda. De hecho, ideó el proyecto de escribir tres libros consecutivos y relacionados entre sí, abordando el maltrato en las diferentes etapas de la vida. Después del primero «La mirada de Sara Nosly. Relatos para prevenir el maltrato infantil», que no dejó a nadie indiferente, este segundo volumen «El Faro de Santa Cruz. Mil destellos de esperanza para la mujer maltratada» aborda la violencia de género viendo en cada forma de abuso la luz al final del túnel.


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Haga CLICK para leer la entrevista en la página 22 de la revista nº 304 del Consejo de ENFERMERÍA

Una de cada tres mujeres puede sufrir de abuso o violencia durante su vida. Esto es una abominable violación a los Derechos Humanos, pero continúa siendo una de las pandemias más invisibles y poco conocidas de nuestros tiempos (Nicole Kidman)

Carta de una mujer sin nombre

María José Martín Bermejo. Trabajadora Social Centros de Salud.

Sin saber por qué, ni cuándo ni cómo, se fue convirtiendo en la protagonista de la tragedia de su propia vida.

Y comenzó a escribir sobre una hoja, de forma casi inconsciente, como si estuviera sonámbula, aquello que más guardaba, su secreto. Respiró profundamente, levantó su cabeza y su mirada siempre perdida, tras unos ojos grandes pero tristes, sin luz, apagados por el temor y por el desgaste de contemplar la vida dese otro lugar, ya que el real, era una pesadilla, una equivocación, o una, broma de mal gusto.

Intentó poner su nombre en el papel, y no pudo, su nombre no era nada, igual que ella; entonces tuvo que parar para respirar, ya que las emociones la ahogaban, y por su cara se deslizaba la tristeza a través de frías lágrimas. No conseguía controlarse, lloraba con demasiada facilidad, y su cuerpo no dejaba de quejarse; su cuerpo gritaba lo que su mente callaba.

No sabía lo que le pasaba, pero se sentía mal, muy mal y tampoco lograba dormir. Siempre alerta, asustada y agobiada, representando por miedo, una hipócrita felicidad. Maquillando su cara igual que sus existencia, para ocultar las marcas que delataban la verdad, por miedo a que la familia o los vecinos se pudieran enterar de su realidad.

Cada vez más sola, más aislada y con menos amigas, ya que estaban prohibidas, no se le permitía hablar con nadie. Estaba muy controlada y tampoco podía llamar a su familia sin su permiso, pero él, en cualquier momento y cuando menos se lo esperaba la llamaba para vigilarla e inspeccionarla. Se consideraba como una parte de la decoración de la casa, como un objeto viejo y sin valor que había perdido toda su soberanía, ya que dependía de su dueño que era el que pensaba, decía y hacía, todo lo demás no importaba. Todo debía de estar controlado y medido, las entradas y salidas de la casa, el tiempo, los retrasos en los horarios, la ropa; esas faldas demasiado cortas o los pantalones muy ceñidos, el dinero, que tenía que justificar mediante los gastos cotidianos del hogar, la casa debía de estar como una patena, pues era un maniático del orden y de la limpieza.

Los niños eran parte de su posesión, nunca les mostraba afecto y lo único que le interesaba era que le dejaran tranquilo, y que no le molestaran, de la educación de sus hijos debía de ocuparse su madre, pero si existía algún problema con los niños, siempre ella tenía la culpa, ya que era muy blanda, una inútil, ya que no ejercía ninguna disciplina, y no era una buena madre. Nada le complacía, todo lo que le expresaba le disgustaba y cualquier cosa valía para saltar la chispa, todo tenía disculpa para humillarla, gritarla o pegarla. No podía aguantar más, eran demasiadas emociones, concentradas en su corazón, que se escapaban o explotaban a través de un torrente de lágrimas y palpitaciones desbocadas.

Rápidamente, secó y restregó sus ojos con un viejo pañuelo para proseguir su carta.

Ni su madre ni su hermana conocían su secreto, no alcanzaban a sospechar ni por lo más remoto que ella tuviera problemas con su marido, con ese hombre que puertas afuera, era el marido perfecto. Tenía tanto miedo, que la paralizaba el pensamiento, no se atrevía a contárselo a nadie, pues su agresor, su marido, era muy agradable y respetable dando una imagen engañosa, incluso de buena persona. Pensaba que nadie creería su historia, nadie la entendería, ya que era una locura, algo increíble, impensable al comentar que ella pudiera estar sufriendo malos tratos. Todos cavilarían que era producto de una mente enfermiza, de una niña malcriada que quería llamar la atención.

Además, dudaba de si debería contarlo, ya que siempre había oído, que estas cosas son asuntos de familia, asuntos privados e íntimos de todos los matrimonios, en los que decían que debía de aguantar… pero… ¿Hasta cuándo?… Y, ¿Por qué debía de aguantar, eh?… Eran preguntas sin respuestas que una y otra vez daban vueltas en su cabeza. Cada vez se encontraba más agotada, más en el límite; prisionera de una vida sin libertad, que está sumergida en un pozo sin fondo, en un laberinto sin salida. Una vida sin retorno, que se puede ir acabando de forma insidiosa poco a poco.

Al final de la carta levantó otra vez la mirada, pero esta vez era brillante, pues había recordado su nombre, el nombre de una mujer que había perdido el miedo a plantearse un cambio en su vida, una vida sin violencia, una vida sin malos tratos, una vida meritoria y respetada, llena de ilusiones y esperanzas, que lucharía con todas sus fuerzas, y pediría ayuda para salir del drama de los malos tratos y así encontraría algo que no conocía: una vida con futuro, distinta para ella y sus hijos, una vida en la que su nombre, su identidad, sería un tesoro valioso y único, que habría que cuidar, tal vez en otro lugar donde podría encontrar otra oportunidad con dignidad y sobre todo en paz y tranquilidad.


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