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¿DÓNDE ESTABAS CUANDO EL 12-1 A MALTA?


Nota editorial: Mientras preparamos la publicación de este libro en lugar de la portada hemos colgado la portadilla interior con el título y el nombre del autor.

Lee el primer capítulo de esta apasionante novela que empieza con el discurso de Shakespeare para enardecer los ánimos del equipo, enunciando valores como el compañerismo, el liderazgo, el valor, el compromiso, la camaradería, la fe, el honor, la motivación o la inspiración ante una situación de máxima dificultad.

Haga CLICK para ver recitar el poema de Shakespeare en la película “Un poeta entre reclutas – El día de san Crispín”

 
 

“… Este es el día de San Crispín.
El que sobreviva a este día y vuelva sano y salvo a su casa,
se izará sobre las puntas de los pies cuando se mencione esta fecha,
y se crecerá por encima de sí mismo al oír el nombre de San Crispín.

El que sobreviva a este día y llegue a la vejez,
cada año, en la víspera de esta fiesta,
invitará a sus amigos y les dirá:
“Mañana es San Crispín”.

Entonces se subirá las mangas, y, al mostrar sus cicatrices,
dirá: “Recibí estas heridas el día de San Crispín”.
Los ancianos olvidan, pero incluso quien lo haya olvidado
todo recordará aún las proezas que llevará a cabo hoy.

Y nuestros nombres serán para todos tan familiares
como los nombres de sus parientes y serán recordados
con copas rebosantes de vino: el rey Enrique, Bedford y Exeter,
Warwick y Talbot, Salisbury y Gloucester.

Esta historia la enseñará un buen hombre a su hijo, y desde este día
hasta el fin del mundo la fiesta de San Crispín nunca llegará sin que a ella
vaya asociado nuestro recuerdo, el recuerdo de nuestro pequeño ejército,
de nuestro pequeño y feliz ejército, de nuestra banda de hermanos.

Porque quien vierta hoy su sangre conmigo será mi hermano;
por muy vil que sea, esta jornada ennoblecerá su condición.

Y los caballeros que permanecen ahora en el lecho de Inglaterra
se considerarán malditos por no estar aquí, y será humillada su nobleza
cuando escuchen hablar a uno de los que haya combatido con nosotros
el día de San Crispín.”

William Shakespeare
Enrique V

CAPÍTULO I

Preliminares. Un encuentro inesperado.

Miércoles, 21 de diciembre de 1983

Los relojes marcaban las 20:15 horas. Había sido un día normal, anodino, como otro cualquiera; las calles atascadas por conductores implacables con prisas por llegar a sus trabajos, peatones nerviosos, recorriendo en pocos minutos distancias imposibles en busca de los últimos regalos encargados por Papá Noel, y camareros esquivando sillas y mesas bandeja en mano colocando y retirando manteles, tazas, platos o lo que hiciera falta. Entonces un céfiro atravesó la ciudad, lo hizo con calma, sin prisa, y arrancó de las calles toda sombra de movimiento. En Madrid, algún alocado taxista todavía circulaba en pos de clientes extraviados, los autobuses colorados del ayuntamiento cumplían escrupulosamente sus rutas con escasez de demandantes y algún zagal corría al trote que imponía su padre en busca de asiento. En el Congreso de los Diputados —lugar de batallas, dimes, diretes, reproches, discrepancias, desprecios y fingidas malavenencias—, los diez partidos que habían obtenido la confianza de los ciudadanos el año anterior, lograron un alarde: el señor don Adolfo Suárez, diputado del recién creado Centro Democrático y Social (CDS), expresidente del Gobierno, hacedor de la transición española y héroe durante el intento de golpe de estado perpetrado por el teniente coronel Antonio Tejero, elevó una propuesta a la cámara con el fin de finalizar las sesiones a las 19:00 horas; don Gregorio Peces-Barba, presidente de la misma, la sometió a votación. 350 manos se alzaron al unísono, incluidas las de aquellos que le arrebataron el poder, con Felipe González a la cabeza; vascos, catalanes, gallegos, canarios o madrileños, daba igual la procedencia, todos querían estar delante de un televisor aquella noche, así que la moción salió vencedora por abrumadora mayoría.

En un pequeño apartamento de la calle Echegaray, a la altura del número siete, en el segundo piso, Nicolás Farré se preparaba para lo que debiera ser un día memorable en la historia, uno de aquellos de difícil olvido e incólume trascendencia; repanchingado en el sofá del salón frente a la televisión, ataviado con una camiseta de la selección española, gorro de lana, bufanda a juego y un gran puro habano reservado para la ocasión entre los dedos. Una mesa baja le servía como depositaria de una copa, botella de Curvoisier, un zippo y un cenicero, era cuanto necesitaba para disfrutar de aquella tarde. El teléfono gris que, normalmente, ocupaba aquel lugar, cayó al suelo, despreciado, como si le hubiera tocado un día de asueto. No debía sonar ese día. Se disponía a ver el partido más importante del año —del siglo, pensaba.—, y no estaba dispuesto a que nadie le aguase la fiesta. España se enfrentaba a Malta en el último partido de su grupo; debido a los malos resultados cosechados durante la fase clasificatoria, los de Miguel Muñoz deberían vencer a los malteses por once goles a cero para poder contrarrestar la diferencia con Holanda, quedar líder del grupo y estar en París al año siguiente.
“¡Muy buenas noches, señoras y señores desde el estadio Benito Villamarín de Sevilla, feudo del Real Betis Balompié. El campo está abarrotado y las treinta mil almas que ocupan su aforo gritan a pleno pulmón con esperanzas de una victoria épica. Las dos selecciones se encuentran ya alineadas en el césped junto al árbitro turco, el señor Ërkan Göksel. En pocos minutos dará comienzo el encuentro, un choque para la historia: por el combinado nacional jugarán Buyo, en la portería; Camacho, Maceda, y Goikoechea, en la defensa; Señor, Gordillo y Carrasco, en el centro del campo; Víctor, Santillana, Sarabia y Rincón, en la delantera, con Miguel Muñoz como entrenador. En las filas maltesas actuarán: Bonello, en la portería; Azzopardi, Farrugia (E), Holland, Buttigieg, en la defensa; Fabri, Degiorgio, Gonzi, Farrugia (F), como centrocampistas; Tortell y Demanuele, en la delantera, con Victor Scerri en el banquillo!”

Todo se encontraba en el lugar que debía ocupar. Todo dispuesto para el mayor confort posible y el máximo disfrute. La única opción para clasificarse era ganar a Malta, no había otras alternativas, ni otros partidos de los que depender. Y debía hacerse por once goles de diferencia. Estaba preparado para la épica. Sin un alma en la calle para molestarlo con absurdos casos de gatos, perros o niños desaparecidos. Era el día. Entonces sonó el teléfono, el que había exiliado al suelo para no importunarlo.
—¡Me cago en la puta, quién coño llama a estas horas!


Al autor de este escrito, Íñigo V. y Manso de Zuñiga le gustaría saber tu opinión sobre el texto.
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  1. Me gusta mucho su forma de narrar.Quiero seguir leyéndolo y eso es buena señal para mi.Un escritor más que interesante.Le doy un 10

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